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Vivencias Europeas XII |
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Esta mañana nos sentamos a desayunar a las 07:15. Como todas las mañanas me someto al gran esfuerzo de arrear a mis hijos hasta la mesa de la cocina, los atraigo con trucos de odalisca china y despliego el ingenio y el humor para despertarlos sin sobresaltos y conseguir que tomen algo caliente y lleguen a tiempo al colegio. Si, a esa hora de la matina, son como mansas ovejitas tiernas y abúlicas que se pasean por la casa como almas en pena o fantasmas extraviados que solo hallarán la paz volviendo al lecho. Desde Pilar que arrastramos la costumbre de tener la radio prendida como fondo para ilustrar el desayuno. Somos tan prolijos que, como cada uno tiene una en su cuarto, están todas sintonizadas en la misma emisión y entonces por toda la casa se puede escuchar lo mismo. Esta costumbre en realidad se hizo moda con mi madre, quien esgrimía una pasión desmedida y desatinada por saber, ni bien se levantaba, cual era la temperatura exterior. Siempre me pregunté cual era el sentido de tamaña adicción ya que mi madre salía poco y como un problema de regla de tres simple inversa, cuanto más se desesperaba por saber, menos salía a la calle. Después con la edad, como pasa con los conflictos graves no resueltos, los síntomas se profundizan y se imponen con el escándalo de que, lo que en un momento llegó a parecer sospechoso y podría haber sido descartado, pasa a ser absolutamente normal y elemental y vuelve con la fuerza de recuperar el territorio perdido en el tiempo y en el terreno de la duda. Al pasar de los años, se le fue agudizando la dependencia climática y entonces pasó al plano de que tenía que saberlo hasta cuando dormía, así que ponía la radio en la almohada y mediante un audífono seguía escuchando en sus sueños.
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