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Un filósofo ilustre que paraba en el club latino, me abrió los ojos. Hablando de tú, para brillar. -¡Si quieres ser lo que no eres, deja de ser lo que eres! -sentenció una vuelta, con los ojos entrecerrados, poniendo pinta de intelectual. Yo no pude evitar quedarme con la boca abierta de asombro, cuando lo escuché por primera vez decir eso. O de admiración, quizás. Porque ahí estaba mi problema, y él me aclaraba la pensadora.
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Para pasar al frente debía sacudirme para siempre el estatus de inmigrante congénito, que llevo como una flor negra en la solapa desde el día en que nací. Peor que si fuera una cruz, entendámonos, porque ésa va colgada de una cadenita abajo de la camiseta, y no la ve nadie fuera del grupo íntimo. Y ahora les cuento dónde está el secreto de la milanesa. Cada vez que intenté pasar desapercibido entre el puntaje local, las tentativas me salieron para el lado de los tomates. Y daba bronca, porque era un balurdo destinado a hacerme pomada los sueños más lindos. Sin regreso posible, como el trencito fantasma en la gruta de los horrores del Parque Japonés. -¿A dónde me trajiste, Antonio? -gritó una dama. -Calla, mujer, que ya salimos... -repuso un peninsular. -¿Quieren volver a subir? -preguntó el boletero. -¡La boca se te haga a un lado, che!
Pero en fin, nos estamos yendo para el lado de los tomates. Lo que quería contarles es que de pebete, en Buenos Aires, me decían "gringo". No tanto por masticar chicle, como todos los pibes de mi edad, sino por el aspecto desteñido que iba batiendo mi origen sajón. Pero sin bronca en el mote, porque los argentinos descendemos de los barcos. O sea que quien no es medio gringo, es gringo y medio. Y si bien es cierto que algún inmigrante se habrá mandado sus milongas, en general fueron unos tipos de mi flor. Laburadores, ahorrativos, capaces de amarrocar los fasules sin joder a nadie, y con unas hijas para sacarle el sueño al más marmota. Nada que ver con Europa. Allá los inmigrantes se integraron tan profundamente, que en Buenos Aires les hicieron un monumento. No sabemos si por una cosa o por la otra, es decir si porque eran unos laburantes bestiales o por haber traído al mundo unas hijas bestiales. Sea como fuere, yo me proponía envejecer -ley de la vida- en el regazo hospitalario de mi ciudad. Mas no todos los capítulos de mi vida fueron aptos para alcanzar ese encomiable fin.
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