<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Despatriados - Historias de argentinos - Natalia, Suiza
¡Basta de silencio!
Quiero tirarme un pedo tranquila, sin que nadie se entere...

Por Natalia ( Suiza )

Encontrar gente tan parecida a nosotros en la red, es escabroso. A veces me parece leerme en las palabras de otro:

"Después de varios años de vivir acá no me queda duda de que si no volvemos a la vida de ciudad pronto se nos muere el alma. Te debe sonar tan loco esto que escribo pero es así, tal cual. Sé que mucha gente daría un brazo por vivir donde vivo pero te tiene que gustar. Es un lugar ideal para una familia con muchos chicos o para los que se quieren jubilar y disfrutar de la naturaleza. Si, en cambio, te gusta ir a museos, galerías, salir a caminar a la noche después de cenar, sentarte a mirar gente mientras te tomás un café, etc., vivir acá te mata." –dice Erika.

Lago de Bienne, Suiza


Ay, Eri! ni te imaginas cómo te entiendo. Es verdad que nos parecemos, hasta intentamos encontrar algún placer en lo que no nos gusta... Y vos te ponés a fotografiar pajaritos (lo cual te sale bárbaro), y yo, que soy incapaz de encuadrar algo con una cámara, a pasearme mirando el lago, y los árboles en la colina, cambiando de color según las estaciones, que se parecen a esos cuadros impresionistas que me fascinan. Pero ¿porqué, no me inspiran?, ¿porqué prefiero ver esos paisajes en un cuadro en un museo y no "en vivo"? Porqué soy tan dependiente de la civilización? de lo que otros pensaron, escribieron, pintaron. Me inspira más el hombre que la naturaleza misma.

Esta vida me gustaba para una semana de vacaciones, pero ya no la soporto. Extraño la gran ciudad. Museos, teatros, avenidas atiborradas de tráfico (nunca pensé que diría esto), caminar sin conocer a nadie. Extraño la anonimidad. Detesto los pueblos chicos. La gente no tiene nada que hacer y vive para hablar de los demás, hasta de cómo te vestís. La gente va uniformada. Lo detesto. No tengo ya edad para revelarme en el vestir, pero de haber vivido aquí de más joven, me habría divertido llevando la contra, llamando la atención ¡Y no habría visto la hora de escapar hacia la gran ciudad! Como ahora.

En realidad no he cambiado tanto. Hago más o menos lo que me viene en gana y la gente (que uno piensa que en Europa es abierta y le importa un pito lo que hace cada uno, pero no es cierto!!) habla a mis espaldas (lo sé porque también están aquéllos más detestables que los otros que vienen a decírmelo). No me importa, hasta un cierto punto, claro, a mi marido, que nació aquí, sí le importa. A veces algún esfuercito hago, por él. Pero en definitiva, él también se pudre de esto. Pero yo sufro. Me gusta caminar por la única calle del centro perdida en mis pensamientos, sin ir mirando para todos lados para ver si hay alguien que conozco (conozco a casi todos) para no perderme de saludarlo. Si llegás a pasar de largo, tienen tema para un mes (de lo maleducada que sos a pesar de haber ido a la universidad -lo cual aquí es todo un mérito- y qué sé yo cuántas pavadas). Saludar a alguien es un evento social, aunque lo hayas visto hace 15 minutos.

Está bien, costumbres son costumbres, y he tratado de respetarlas, porque en definitiva soy yo la extranjera. Pero me pudre eso de vivir para ver qué hacen o no hacen los otros, me olvido de la gente que no me interesa y que no se interesa de mí, que me han presentado reiteradamente, no puedo evitarlo, me pudre que los otros estén pendientes de lo que hago porque no tienen nada mejor que hacer. Me pudre tener que recordar eventos anodinos e inútiles, como que la suegra de no sé quién se operó de una uña encarnada en el dedo gordo de no sé qué pie, y tener que llamarla para ver cómo anda, porque sino parece que no te interesa (NO ME INTERESA!!!!!!!!!!!).

Basta de silencio, acá se escucha hasta cuando te tirás un pedo. Por eso la gente no se los tira, y así se les van subiendo al cerebro, y por eso son tan pedorros. No me importa, yo me los sigo tirando, y así ellos tienen tema de charla.

Natalia, Suiza, “Acá no tiramos nada...”


Lee más historias de argentinos