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Basta de tango argentino
Por Florencia Marina


Por cuestiones laborales emigré primero a Italia y luego a Alemania e Inglaterra. Aprendí a ser puntual, a no hacer chistes irónicos porque la gente se los tomaba bastante en serio, a no gesticular tanto, a no hablar a los gritos, a dejar hablar a la otra persona sin interrumpir y emitir mis comentarios cuando el otro termina de hablar. A vivir en menos espacio, a vestirme mejor.

Tuve que aprender dos idiomas casi desde cero para manejarme en las ciudades en que viví. Y aprender que cada idioma encierra la idiosincrasia del país. Y que es distinta a la mía. Que yo no la voy a cambiar. Que por algo me fui. Que debo poner en la balanza lo bueno y lo malo, y si lo bueno pesa más, me quedo y me la banco.

Al principio me quejé, algunas cosas me molestaban, otras me aburrían. Después me di cuenta de que si me quejaba tanto mejor me volvía y trataba de cambiar las cosas en mi país. El país de la queja, del descontento, el país en el que todos esperan que sea el otro el que arregle las cosas. Donde todos nos quejamos y no movemos ni un dedo por hacer algo, y cuando el que está arriba hace las cosas mal, nos seguimos quejando, y si llegamos un poquito arriba las hacemos igual de mal también.

Será que nos gusta... será que nos parece fácil... porque veo que los que se fueron siguen con la misma mentalidad del facilismo que los que se quedaron… es algo que ya está en los genes… si se fueron no se jugaron en cambiar nada, por lo menos, en el lugar nuevo en que están, aguanten, basta de queja, si te tratan como un inmigrante, eso es lo que sos, y si no saben donde queda Argentina o piensan que la capital es Río de Janeiro es simplemente eso, que no saben bien donde queda nuestro país, y si te negrean, nosotros también negreamos a los bolivianos que trabajan en los talleres clandestinos de capital federal.

A aceptar la realidad y no quejarse, o a volver y tratar de cambiarla… yo no vuelvo, ni me quejo… por ser argentina no me va a parar la gente a la calle para saludarme y felicitarme, tampoco quizás me den una mano, ni una ayuda ni un favor, creo que tampoco se la dan mucho entre ellos.

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