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El Doctor Vivas. ¿Hace falta aclararar algo más con este sobrenombre? Un verdadero cirujano, siempre a la expectativa de algún paciente desprevenido. Por su concurrido consultorio han pasado innumerable cantidad de jugadores. Realmente un tipo con tanto conocimiento de la medicina, que siempre le fue muy fácil distinguir la tibia del peroné. |
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Blas Armando Giunta. El gran ícono de la violencia. Favorecido durante años por vestir la casaca xeneise, este guerrero carnívoro, demostró impunemente su insaciable apetito devorando tobillos contrarios. Algunas de sus inolvidables patadas, deberían formar parte de la galería de atentados terroristas que ha sufrido la humanidad durante el último siglo. |
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El cabezón Ruggeri. Un verdadero peso pesado del gremio de los violentos. Irónicamente su momento cumbre, fue una patada pifiada. En un partido San Lorenzo-Velez, él fue desde atrás con su instinto asesino a comerle los tobillos a Chilavert. Algunos creen que si acertaba esa patada, el cabezón todavía estaría preso en la cárcel de Devoto. |
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Pedro Monzón. Desde sus comienzos ya cargaba con la cruz de un apellido asociado a la violencia. Así se convirtió en el primer jugador de la historia en ser expulsado en una final de un Mundial en Italia 90. A sólo quince minutos de haber ingresado como reemplazo, le mostraron la roja. A los que recuerdan la patada, todavía les retumba en sus oídos el terrible ruido a roto de la rodilla del delantero alemán. |
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Roberto Trotta. Quizás sea el jugador más odiado por todas las hinchadas, cuerpos técnicos, dirigentes, arbitros, jueces de línea y alcanza pelotas. No hay duda que por donde pasó, siempre dejó su huella. Ya fuera por su insoportable forma de ser o por sus descalificadoras patadas. Dicen que los únicos que lo quieren a Trotta, son los fabricantes de Rati-Salil. |
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